Palabras para recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad del Valle
Cuando mi abuelo Marcial Gardeazábal, el viejo librero de Tulúa, envió a Hamburgo una carta a Salvador Rozenthal, su proveedor de papel, ofreciéndole que se saliera desde la convulsionada Alemania para huir de la persecución de Hitler contra los judíos, y que viniese a vivir a Tulúa, en mi familia y en mis genes se marcó un precedente de generosidad y de protección contra los perseguidos, que no ha dejado de acompañarme a lo largo de mi vida.
Cuando mi otro abuelo, don Pablo Alvarez Maya, bajaba borracho, montado en una mula rucia, por lo canalones de la cuenca de El Porce, allá en la lejana Antioquia y le gritaba al diablo, respaldado por los pulmones de sus casi dos metros de contextura, que allí iba él, que le abriera campo o le saliera para enfrentarse, se abonaron a mis genes el atrevimiento y la envergadura para llamar las cosas por su nombre y no temblar ante ningún poderoso.
De la combinación de esos genes heredados, de la cultura libresca del Gardeazábal, de la capacidad ilímite del minero jugador y alicorado del Alvarez, viene buena parte de lo que hoy, en esta mañana, la Universidad del valle reconoce al entregarme tan honorífico galardón. No he sido más que alguien que ha querido ayudar a todo el que lo solicita. Alguien que salga a defender al perseguido. Alguien que se ha atrevido a lo imposible y ha resistido sin temor los embates de los poderosos. No soy más. El resto me lo han facilitado los amigos que siempre me han rodeado para leer mis libros, para oír mis herejías o para apoyarme a pasar los profundos baches en los que he caído.
No escogí el hacha de mis mayores ni me puse detrás de un mostrador a vender libros. Empuñé el arma de la palabra y esgrimí la espada de la literatura para meterme en los ve-ricuetos de la vida. Me asomé por estadios que los más puristas consideraron equivocados. Afronté las consecuencias de hurgar en la memoria colectiva. Pagué los errores de ser un vallecaucano en medio de la revolución del narcotráfico. Sentí frente a mis narices la construcción tajante de una gran pared que frenó en seco mis posibilidades del ejercicio político. Pero aquí estoy, leyendo un texto escrito. Un texto tan vital y tan fruto de mi manera de entender la vida, de mi manera de asumir el devenir, que este acto no puede ser otra cosa distinta a mi refrendación del eterno carné de escritor que llevaré hasta el día en que ustedes me entierren en el cementerio Libre de Circasia.
He sido escritor desde cuando comencé a dar pinitos en la desaparecida facultad de Filosofía, Letras e Historia y Oscar Gerardo Ramos acaudillaba con habilidad monstruosa una pléyade de ilustres profesores europeos y norteamericanos que financiaban la Ford y la Rockfeller. Seguí siendo escritor cuando usé los abalorios de la política para convencerme que la realidad supera la ficción. No he dejado de ser escritor, aunque la gente ya no lea. No he dejado de pensar como escritor aunque todos me han creído perdido en otros berenjenales y últimamente me creen subsumido en las ondas hertzianas de un programa que combina el humor con la verdad que nadie más cuenta.
Ser escritor imprime carácter y con ese carácter me quedé desde aquellos años remotos cuando publiqué mis primeros cuentos en La Estafeta Literaria de Madrid o en la revista Mundo Nuevo de París. Y los publiqué sin salir de este terruño. Y fue leído y admirado y criticado sin ir a pagar tributo al mundillo bogotano y sin hacer sellar mi pasaporte para honrar a los marxistas de París, que escogían quiénes podían ser escritores, y quiénes no, en Latinoamérica, después de García Márquez y Vargas Llosa.
Nunca tuve agente literario y las traducciones al chino o al alemán y ano se cuántos idiomas, las logré por la generosidad de quienes me leían y yo, despreocupado, las autorizaba desde mil pequeña Olivetti. Tal vez fue un error de provinciano fotuto que me ha impedido mayores glorias o más bien fue una actitud desdeñosa de intelectual satisfecho con nada, pero nunca tuve agente literario. Así y todo, el tiempo ha pasado y actuando como el mejor crítico ha seleccionado para siempre a Cóndores no entierran todos los días.
Hace 40 años que esa novela vio la luz en las prensas barcelonesas de Joseph Vergés, el antiguo dueño de la Editorial Destino. Mientras más años pasan, más editan este libro, tanto los piratas como los legales, y mientras más viejo me vuelvo, más veo que estudian lo que allí se dice, y oigo y leo a profesores y estudiantes sobre ella, y lo que es peor, más se parece lo que cuento en Cóndores a la realidad que nunca se acaba en este país.
Es posible que en la decantación ineludible de la historia, yo no quede sino como el autor de un solo libro. Pero no creo que fue un esfuerzo perdido haber hecho, en otra docena de novelas, la radiografía de todas las manifestaciones del poder en la segunda mitad del siglo 20 en estas tierras vallecaucanas. He hecho mis novelas y mis ensayos sobre el terruño. Mi espacio literario, el novelístico y el investigado ha sido siempre este valle, otrora idílico, que no tuvo derecho a recoger las cenizas de Jorge Isaacs y se sigue deleitando en cortarnos la cabeza a todos los que hayamos intentado sobresalir. No he sido más que él novelista vallecaucano y me siento infinitamente orgulloso del oficio.
Hoy estoy aquí en Buga, la ciudad madre de la vallecaucanidad, porque mal podría un provinciano de tiempo completo perderse en las entrañas del monstruo citadino de Cali para revestirse de doctor. Y no estoy en Tulúa porque en esa ciudad, de la que sido su escritor y su alcalde una y otra vez, hay por estos días un coro creciente encabezado por su burgomaestre para llamarme satán porque he tenido la entereza de preguntar sobre quienes están matando a fusil en sus calles, cuando allánadie ha declarado una guerra. En otras palabras, que estoy soportando en carne propia lo que Gertrudiz Potes aguantó en mi novela.
Estigmatizado como satanizador. Desconocido como cabeza orientadora. Impedido de opinar sobre el solar tulueño para salvar mi vida, enmudezco al final de mi existencia convencido que es mejor dejar a que el tiempo pase para que las fatuidades se dispersen y yo, parado en la puerta de mi casa del barrio Sajonia, vea pasar antes de morirme a los generadores de la ignominia, entumecidos y empaquetados en las cuatro tablas de la historia.
He vivido tanto, tan intensamente y desde tan temprana edad. Me he equivocado tantas veces, he acertado tantas otras. He subido a los pedestales de la gloria y bajado a las profundidades de la miseria. He tenido con qué y me han hecho falta varias veces las cosas elementales para sobrevivir. Pero triunfador o derrotado, en la cúspide del poder o en la soledad de una celda carcelaria, siempre he sido el mismo. El mismo niño terco asomado a la ventanita de la casa paterna, mirando desde allí la realidad que los demás no fueron capaces de contar. Espero que cuando llegue la muerte, esté mirando desde esa ventana y haya podido contar todo lo que visto.
