Sin Napoleón y sin ideología
Si aceptamos entonces que el proceso revolucionario vivido en Colombia posee los factores de cambio en la tenencia de la tierra, modificación de la pirámide de clases sociales, composición de una nueva forma de la economía con las cuasioficializacion de la economía subterránea, cambio radical de valores con la eliminación de unos y la imposición de otros, y bautizo del proceso con un baño de sangre, terror y muerte, pero admitimos que la revolución que hemos soportado, que estamos viviendo, no ha tenido ni un respaldo ideológico ni una mano dura que la imponga, podemos hablar de la revolución incompleta y, como tal, de la construcción, a medias, de un proceso al que de pronto habría, que agregarle un factor que algunos momentos revolucionarios tuvieron y otros apenas consiguieron con la perspectiva histórica: La identificación de las víctimas y de los testigos, de los actores y de los impulsadores en se está viviendo el proceso revolucionario.
Como no hemos tenido ideología que respalde el proceso. Como él ha sido más un fruto de la acumulación de circunstancias y de decantación de ideas, procedimientos y hasta verdades de puño, no ha existido una conciencia plena sobre lo que se vive y el pueblo colombiano, y quienes nos miran desde afuera, han preferido creer o hacer creer que se trata de un fenómeno pasajero, que es acaso otro proceso de violencia como los vividos por Colombia en muchos momentos de su historia y no se trata, como he querido hacerlo ver aquí, de una situación muy especial, de un fenómeno de muchas mayores repercusiones, que superó mayúsculamente el último de los momentos similares vividos por la patria: la violencia del 48 al 58.
La nueva estructura de conformación de la propiedad de la tierra, de la nueva economía, del cambio de valores, de la pirámide social, nos tienen que terminar por convencer que superamos la barrera de un fenómeno circunstancial y que entramos de lleno en un proceso mucho mayor y que si bien todo lo hemos ido configurando por acumulación, no por convencimiento ni proyección proselitista, sólo tenemos dos opciones para salir de él: Consolidarlo como históricamente se puede demostrar que lo han hecho todas las revoluciones, o garantizar y promover una contrarreforma que supere lo vivido, lo cambiado y restituya el camino perdido.
Para cualquiera de los dos casos se hace necesaria una mano dura. La historia nos demuestra que la revolución de los franceses no habría podido llegar a nuestros días si no aparece en el panorama la figura mitológica de Napoleón Bonaparte. El, con la fuerza de la espada y con la herramienta de su descomunal inteligencia, implantó para siempre las reformas que la revolución de los Dantones y los Roberpierres, los Marat y los Luises decapitados había obtenido pero en ningún momento establecido claramente.
Por supuesto que unas cosas son las superficiales conseguidas en esa revolución como el cambio de calendario (y ahí está Napoleón el 18 de Brumario pasando a la historia para siempre) y otras las que perpetuaron el cambio como fue la imposición de los códigos napoleónicos que hasta nuestra época han llegado sirviendo de estructura central a las normas que crearon y sostienen las formas políticas contemporáneas.
Para algunos observadores juiciosos del procedimiento del que tan despectivamente llamaban “Corso”, este no fue más que una contrarreforma. Pero, para otros, se trata de una consolidación, peldaño a peldaño de lo que verdaderamente cambió por culpa de la fuerza huracanada.
Obviamente, en el caso de los franceses, existía un trasfondo ideológico, que permitía que Napoleón no desvirtuara la intención de los promotores de la revolución y dejara más bien las contrarreformas a los monarquistas del señor Orleans o a sus propios herederos napoleónicos coronados con tanta pompa pero sin tanto atrevimiento como él.
Casi igual le sucedió a Stalin, quien debió asumir la proyección y la imposición brutal de las reformas conseguidas por el verbo arrollador y la capacidad maquiavélica de Lenin.
En ambos casos existía una directriz, un trasfondo que permitía que la imposición de las reformas no se saliera, al menos en apariencia, de una guía impuesta por altos valores intelectuales o, al menos, por consideraciones ideológicas que aunque fuesen amañadas o acomodadas por el vaivén de las circunstancias, permitía la reiteración de unos motivos y unos propósitos.
Nosotros, en Colombia, como no hemos querido admitir lo vivido y como, en un círculo vicioso, tampoco hemos conseguido decantar debidamente la orientación, ni obtuvimos el Napoleón ni armamos el proceso.
Pero como yo creo que lo estamos viviendo y que estas charlas hacen parte del ingrediente de reconocimiento, de configuración ideológica y de proyección de los cambios vividos. Como el solo hecho de ya podernos detener, aun a costa de muchos riesgos, para tratar de constituir una imagen serena de lo vivido, de lo sufrido, de lo traumático, es ya de por si un esfuerzo similar al que debieron los que desde fuera o desde dentro nominaron e identificaron la revolución francesa o la revolución rusa, me parece que nuestra revolución, hasta ahora incompleta, comienza a consolidarse y a producir las proyecciones que acaso no buscaron ni los que la iniciaron como un ingenuo o productivo negocio o los que la han seguido haciendo convirtiéndola en herramienta de otros procesos laterales o consecuentes con la fuerza huracanada que ha ido adquiriendo.
Como este país está viviendo la revolución en sus estructuras y en sus valores sin que aparezca un líder en ningún estamento, ya sea por miedo a que se le sindique de cabecilla del proceso dañino o se le ponga en la mira para destruirle o hacerle daño.
Como en Colombia llevamos ya un largo periodo sin que aparezca ningún dirigente que asuma los poderes de orientación y obediencia, de manejo y proyección de sus ideas gracias al carisma de sus gestos o a la habilidad para esquivar obstáculos y avanzar victorioso en su periplo, la presencia de ese Napoleón que conforme la nueva estructura nacional, el nuevo ordenamiento que permita sobrevivir y no seguir agonizando con el antiguo sistema, ni se ve ni perecería que las circunstancias lo fueran a permitir.
Más como yo soy optimista frente a Colombia. Como siempre he creído que a esta patria nuestra le pasa lo de todas las parroquias que he tratado de inmortalizar en mis novelas y que aún en los peores momentos encuentra la luz que le permite salir del túnel, yo creo que a Colombia le ha llegado la hora de un Napoleón y que en un plazo no mayor al final del siglo vamos a tener ese dirigente para consolidar a favor o en contra del cambio una nueva Colombia, una Colombia muy distinta, por supuesto, de la que vivieron los que hace treinta años asumieron el poder y continúan en el sin saber manejarlo, pero de pronto muy parecida a esta que a veces el huracán, cuando aminora, cuando no nos salpica de tanta sangre y tanto asombro, nos permite ver que se ha ido conformando.
Este Napoleón, por llamarlo de alguna manera, por supuesto que no va a tener las características del Napoleón que todos admitimos en la historia por una razón elemental. Aquel se hizo por la fuerza del impulso que los triunfos bélicos y el manejo de las circunstancias de guerra le propiciaban y en este país hace mucho, pero muchísimo rato que a los militares se le hizo perder la noción de que había sido constituidos para la guerra y, con un régimen astuto de sumisión y vergüenza, de tentación y preocupación, se les fue alejando del campo de batalla para acercarlos a la acción policial punitiva permitiendo así que el inmenso mas de corrupción salpicara a la gran mayoría y consiguiera hundir en él a una muy respetable cantidad de cabezas dirigentes uniformadas.
No parecería, y admito que puedo estar equivocado, que un militar surgiera de las batallas contra los terroristas del ELN o de los diálogos de acercamiento con las guerrillas seudomarxistas o de los allanamientos y persecución de narcotraficantes. Ni los combates realizados, ni la manera de enfocar el ascenso en la cúpula militar ni la forma de plantear la batalla contra los enemigos del sistema gobernante nos permite conjeturar que el Napoleón va a surgir como el de la revolución francesa de las filas militares.
La gran habilidad que ha tenido la oligarquía gobernante para ir eliminando a todos aquellos uniformados que tienen características de liderazgo y de someter a los que restan en la estructura piramidal de las fuerzas militares a un respeto civilista, ya sea a base de grandes vasos de escocés o aplicando sordina a sus actividades paralelas de gestión económica, casi que nos elimina el surgimiento de esa mano dura que implante definitivamente el cambio desde tal Angulo.
Tampoco, contra el criterio de los que ahora se rasgan las vestiduras por la aparición del grupo MORENA, ese líder que conduzca a la patria va a surgir de los principales instigadores del proceso revolucionario o de los directos beneficiados por el nuevo sistema económico. El hecho de que los presuntos cabecillas del huracán hayan tenido que claudicar en su capitanía pública por la de manejar los hilos desde la clandestinidad y que hayan preferido transarse en una pelea por circunstancias geográficas y económicas, antes que ideológicas, nos garantiza que el país no podría soportar el mando de quienes tienen requemando su carisma y han feriado en locuras sin igual su poder carismático y su desbordante poder económico.
Muchos menos que va a surgir del medio intelectual. En este país jamás se nos ha escuchado a los intelectuales ni mis congéneres han sido líderes en anteriores procesos históricos. Salvo el caso, muy discutible, del señor Caro, que manejó la prosa y la pluma a través del poder que ejercía don Rafael Núñez, en Colombia a los intelectuales se nos puede haber dado tratamiento de reyes, de parias o de seres especiales, pero ni se nos consulta ni se nos tiene en cuenta en las cosas que decimos.
El solo hecho de que ya no haya tenido que venir a este recinto universitario a explicar mis tesis y el que ellas no sean presentadas en otros niveles de la estructura centralista o del mancomunado poder de la comunicación audiovisual; me permite creer, con criterio muy racional, que el Napoleón que se necesita para este país no puede salir del medio intelectual, siempre tan arisco a saber manejar las cosas del Estado, siempre tan dispuesto a criticar, a decir que este país es una mierda, pero casi nunca capaz de afrontar el compromiso tomando el rábano por las hojas o asumiendo los riesgos del oficio de conducir.
Como cualquier anotación que hagamos en materia política siempre estará signada como fruto de la capacidad imaginativa y no como resultado de un proceso de observación. Como las frases de que nosotros los intelectuales vemos la política y el Estado como si fuera novela, nos descalifican ante el país político.
Como de lado y lado no hay eso que resulta fundamental para el surgimiento de un líder que es la fe en su carisma y en sus actitudes, me parece que tampoco de este campo saldrá aquel que consolide la revolución que hemos vivido y que continuamos soportando.
No podrá tampoco aparecer del sector político porque si bien él se ha mantenido sobre la base del consejo de ancianos, llamado en Colombia la Colegiatura de Expresidentes, y eso le ha permitido seguir siendo el administrador, el nivel de corrupción a que él ha llegado con la estructura de los auxilios parlamentarios, con el contubernio del serrucho, el ají o la coima por todo contrato y la construcción del sistema reeleccionista con la plata del fisco o con la inyección de los nuevos dineros, les ha permitido convertirse en incapaces para consolidar lo vivido y, más bien les ha dado opción para ser o simples amanuenses o administradores de la agonía del sistema, creyéndose a veces victimas, otras actores y la mayoría de las veces guardianes de un baúl de prebendas que a nadie permiten que se los arrebate.
No va a surgir del estamento religioso, ni del católico tradicional que fue capaz de tener al mismo tiempo, en el mismo año, bajo el mismo palio secremental a monseñor Builes y al cura guerrillero Camilo Torres, porque la capacidad de convencimiento, la fuerza arrolladora de los púlpitos ya pasó de moda y no posee ganchos de arrastre en este territorio, que no de por sí, sigue teniendo una extraña fe en sus creencias religiosas ancestrales.
Tampoco creo que podría surgir exclusivamente del manejo de los medios de comunicación, aunque, para ir conformando su perfil, tenemos que admitir que va a poseer cualidades de militar capaz de librar batallas y de ganarlas frente a quienes ahora los dueños del sistema o los enemigos del mismo llaman “enemigos”.
Y que va a tener cualidades de intelectual en el sentido de que no puede ser un sargento inculto si no alguien que posea el don de la observación y el raciocinio y sea capaz de asimilar la funcionalidad de su papel, mas por fruto de una formación académica, intelectual, antes que por simple fuerza imaginativa o capacidad creadora.
Y va tener cualidades de jugador del equipo de la política y de la administración estatal porque mal podría creerse que un Napoleón que consolide la nueva Colombia y le imponga nuevas estructuras vaya a ser un novato en la concepción del Estado.
Pero, exclusivamente, no puede salir de un solo de esos estamentos y, mucho menos, no podrá serlo sin manejar las armas de la comunicación audiovisual, sin utilizar lo que hoy puede reemplazar la caballería o la artillería del perdedor de Waterloo: Los micrófonos y la imagen televisiva.
Quizás para muchos este perfil resulte demasiado ideal. Quizás puedan adaptarlo, a la izquierda o a la derecha del espectro, de acuerdo al punto de vista que se adopte, pero es de allí y con esas cualidades y no de otra parte ni con otras características que deben surgir.
Si no aparece, si no aceptamos que alguien debe tomar la conducción del Estado en un momento de crisis, quizás podamos creer que este país no tiene capacidad de supervivencia. Pero como ni usted ni yo ni ninguno de los colombianos aceptamos que ello sea así. Como todos poseemos el firme convencimiento de que vamos a sobrevivir al huracán desatado. Como ya hemos ingeniado formulas para ir eludiendo los momentos de peligro y mimetizarnos para sobrevivir. Como existe una constante histórica a la que no podemos negarnos. Como además sabemos que cualquiera que sea el filtro óptico usado siempre hemos sido un país monárquico, presidencialista, que anhela en el fondo el gran caudillo que le conduzca a la tierra prometida, al equilibrio final, yo creo, con optimismo, que ese presunto Napoleón va a llegarle a Colombia, tiene que llegarle a Colombia.
Hacer hipótesis de cuándo y por dónde va a llegar, sería un ejercicio mental, imaginativo que podríamos discutir ahora mismo.
Pero como el país ha estado viviendo por estos últimos días momentos de apremio que le han permitido acercarse a la tragedia alejándose al tiempo de la admisión real de lo que vive, y cree que con remiendos de esparadrapo a la constitución o con medidas que apenas hacen rasguños al estado de derecho, podrá salir del atolladero, resulta más importante esquematizar los elementos que la consolidación del nuevo estado de cosas, o la contrarreforma, que de pronto vemos más factible, requieren que existan.
Si admitimos que la guerrilla seudomarxista ha fracasado en su intento de apoderarse del país. Si aceptamos que los promotores fundamentales del asesinato de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia hoy están rodeados de garantías en un pueblito del Cauca. Si admitimos que la batalla contra el lujo y las prebendas de los narcos ha rendido para muchos intermediarios de la autoridad y del allanamiento, y aún para saciar la envidia de los ricos (que es, por supuesto, más peligrosa que la envidia de los pobres, de los nada tienen), pero que no parece aclararse en cuanto le sirve al país.
Si todo ellos es así, después de este huracán, que vuelve y se arma de fuerza destructora en la medida en que el sentimiento toca fibras y parece entrar en calma chicha apenas el olvido comienza a apoderarse. Después de estos ires y venires, qué va a quedar de Colombia? En qué territorio va a parecer este presunto Napoleón que le garantice un tránsito tranquilo al país y un equilibrio de las fuerzas ahora encontradas?
Lo hará en un nación que va a permitir la entrada de fuerzas extranjeras para que pongan orden en lo que nos resultó imposible acomodar, como sucedió en la Francia después de Waterloo?
Lo hará en un país en donde por acabar con las reacciones de tres o cuatro individuos más ágiles, más poderosos y mas vengativos que todos los otros colombianos, vamos a descuidar la batalla contra los terroristas destructores de oleoductos o de los secuestradores y asesinos de policías, los dueños de territorios enteros en donde han reemplazado la figura del Estado por la de ellos?
Sigo siendo optimista pese a todo. A golpes contra las paredes del interminable tobogán en que vamos despeñándonos, vamos aprendiendo. A veces repetimos circunstancias. A veces repetimos métodos que solo dieron alivio temporal y mas sicológico que real. Pero de ellos vamos aclarando los términos de la contrarreforma, los alineamientos de por dónde va a salir el país.
Resumamos, con objetividad lo que estamos soportando. No nos dejemos impresionar por los dólares del parto. La revolución francesa necesitó ver morir en la guillotina a los Luises y a Dantón y a Robespierre para poder aclararse. Los rusos vieron morir a la familia del Zar, pero también a Trotsky y a quienes se opusieron. Nosotros hemos tenido que ver morir a muchos que representaban o el antiguo sistema o la posibilidad de la contrarreforma como el señor Cano o el propio Galán.
Pero por encima del desespero que obnubila, por encima de la tragedia que pone a vibrar las más oscuras fibras, admitamos todo lo que hemos vivido, pensemos en cómo debemos afrontarlo con las estructuras vigentes y no caigamos en el error inmediatista de creer que mandando a la superclandestinidad a los nuevos dueños del poder económico y satisfechos los deseos norteamericanos vamos a borrar de una pluma todo lo que nos ha pasado en estos dolorosos últimos diez años de vida colombiana.
Aceptamos lo que somos, aceptamos todo lo que hemos cambiado y prepararemos la estructura nacional para acomodarnos a una sociedad más justa en donde los desequilibrios no sean tan protuberantes. Pensemos, por ejemplo, que la reforma agraria, que no pudimos hacer con los viejos latifundistas cuando ellos eran dueños de la tierra, de pronto nos estamos ingeniando ahora la forma de efectuarla con la sigla del Consejo Nacional de Estupefacientes.
Pensemos en que la reestructuración del sistema financiero se puede lograr ahora haciendo ver que los dólares lavados por las sucursales de Panamá fueron fruto de mentes humanas maquiavélicas y no de un sistema que se vio obligado a tocar en algunos puntos la estructura subterránea que propiciamos.
Acojamos todas esas ingeniosidades como partes integrales del Estado, hagamos la guerra contra quienes la podamos ganar, usemos el dialogo y el proceso de asimilación contra quienes de todas maneras vamos a perder. No hagamos distinciones ni procesos frutos de odios clasistas o de rencores de archivo.
Busquemos pragmáticamente la solución dentro de la nueva Colombia que a golpes de opinión, con sangre de inocentes y de culpables, con plata de los gringos viciosos y de los nuevos dueños, con lujos y hambres, con esperanzas y con mentiras, con ilusiones audiovisuales y con verdades de puño tenemos hoy. Llevemos a la guillotina a los Dantones y los Robespierre, a los Luises y las María Antonietas, extraditemos a los Trotskis y los Romanof, a los Julios lobos y a los Batistas y quedémonos aquí armando, después del huracán, la nueva casa en donde podamos encontrar el equilibrio que de verdad no hemos tenido nunca en esta patria sin sosiego, en este rodar y rodar de siglos buscando una estructura válida que no haya que intentar destruirla en cada nueva generación.
No remendemos mas la Constitución, hagámosla nueva. No le aumentemos naves al castillo de unos pocos. Hagamos casitas para todos. No sigamos inventando mentirillas sobre lo que no poseemos, digamos la verdad aunque ella nos duela y nos haga poner pálidos ante el espejo. No tratemos de secar la sal con la espada humedecida. Pongámosla al sol con nuestras propias manos y después, lentamente, con nuestros mismos dedos, usémosla para echarla encima de las heridas.
Barranquilla, agosto de 1989
